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martes, 15 de noviembre de 2011

La vida es efímera

Leyendo papeles viejos, he encontrado un texto (que colgué en otro blog) que me ha impactado. Había olvidado esos conceptos... Parece que tengo que aprender de mi yo del pasado :).
Aquí os lo dejo.


La vida es efímera, en cualquier momento puede acabar. Y eso es lo que hay que tener presente en cada segundo, cada instante que respiramos... Tenemos que pensar que estamos vivos, sí, pero que en cualquier momento podemos morir. Así que tenemos que aprovechar al máximo cada instante. Bueno, tampoco digo que vamos por la vida vigilando todo lo que hay a nuestro alrededor. Más bien dicho quiero decir lo contrario; quiero que todos aceptemos que cuando llegue el momento, nos moriremos. Y esto no debe provocar ningún pánico: es la ley natural de la vida. Las cosas son así, y la única manera de poder vivir en paz es aceptándolo.
No me meto en lo que hay después de la muerte; cada uno piensa lo que piensa. Igualmente no creo que tengamos que perder tiempo con eso... Si realmente hay algo después, ya lo veremos. ¡No hay ningún tipo de prisa!
Pero mientras tanto, hay que aprovechar la vida. Piensa que quizá nunca más podrás estar aquí, simplemente que todo esto se acabará. Todo lo que te rodea. Se acabará para ti, y ya no podrás hacer lo que te gusta.
Pensar eso es bastante... mareante, por decirlo de alguna manera. Cada vez que me lo planteo y me doy cuenta de la inmensidad de todo lo que nos rodea, me siento muy desorientada. Es demasiado grande como para comprenderlo del todo, así que me concentro sólo en lo que hago. Y no pienso en el futuro; ¿quién sabe si dentro de un año seguirás aquí? ¡Quizá ya te habrán atropellado! No lo puedes saber. Y tampoco tienes que obsesionarte con ello. Simplemente tienes que aceptarlo, aceptar que no siempre seguirá todo en su sitio. Que si ahora quieres dibujar, debes hacerlo. Que si ahora quieres escribir un libro, ¡lo tienes que hacer! En un futuro quizá no tendrás tiempo. Por tanto... tienes que aprovechar cada momento, haciendo lo que más te apetezca. Debes aprovecharlo, porque si no lo haces, nunca más lo harás.
¿Y qué ganas estando triste toda tu existencia? No ganas nada, mejor dicho pierdes. Pierdes las ganas de seguir aquí, y pierdes tiempo con tus lágrimas. ¿Sabías que después de varios años, tu cerebro acabará por olvidar todos tus recuerdos tristes? ¿Lo sabías? Esto quiere decir que todos los alegres, todos aquellos que te han hecho sentir bien, se graban a fuego en tu alma. Cuando seas un anciano, mirarás atrás y recordarás lo que has vivido... Y la mayor parte de tus recuerdos serán las veces que te reíste. Y si te pasaste toda tu existencia lamentándote, ¿qué recuerdo tendrás entonces? Tendrás escenas borrosas, difusas, sólo recordarás que estabas triste. No recordarás ni por qué, ni cómo, ni cuándo, ni cuántas lágrimas derramaste. Todo aquel tiempo está perdido. No vale la pena.
Está bien desahogarte si así lo necesitas. Pero no está bien querer ahogarte inconscientemente o conscientemente en este dolor.
Tampoco sirve de nada enfadarte, amargarte, lamentarte... Es una soberana tontería. Una persona tiene su vida, tú tienes la tuya. Si os cruzáis, seguiréis cada uno por vuestro camino. Y puedes dejar una sonrisa en sus labios, o por lo contrario, un cabreo que, primero, no va a ninguna parte, y segundo, que tarde o temprano olvidará. Pero si de verdad quieres que se acuerde de ti, sólo lo puedes conseguir haciéndote amar. Así que... No ens barallem, que no val la pena!*

Vivid.

*No nos peleemos, que no vale la pena. 






Momento con sabor: Me he sorprendido al ver que puedo aprender de mí misma. Y eso tiene sabor a queso.

domingo, 5 de junio de 2011

Alzhéimer

María Antonia, en otro tiempo, había sido una mujer valiente.

Nació cuando nadie quería otra boca a la que alimentar. “Esta niña morirá antes de cumplir un año”. Pero lo cumplió, a pesar de todos los factores que iban en su contra. Creció entre la miseria, luchando silenciosamente contra el hambre y la soledad, convirtiéndose en una chica de mirada profunda y costillas marcadas. A su paso susurraban: “pobre chica. Lo mejor habría sido dejarla morir”.
Le habría gustado ser niña, pero la muerte estaba demasiado presente en su vida. 
Desconfiaba hasta de sus hermanos  y se lanzaba detrás de cualquier trozo de comida como un perro hambriento. Tiraba piedras a los hombres que se llevaban los soldados, miraba a los demás con un odio terrible y nunca hablaba con nadie. Con quince años ya era una mujer, y empezó a cuidar de los suyos. Ya se habían rendido, y ello solo había servido para darle más fuerzas. Pero aun así murieron y la dejaron sola. Dirigió su ira hacia los soldados y dejó de tirar piedras.

Un día María Antonia conoció a su Manolo, republicano, y tuvo que dejarlo todo para huir con él. Pero la atraparon y torturaron para que dijera su ubicación, y ella, con su voluntad férrea, logró resistirse. Manolo y grupo organizaron una incursión y lograron rescatarla, pero tuvieron que irse a Francia juntos. Allí María Antonia parió a su primer hijo, y ambos rozaron el frío aliento de la muerte. Pero hacía falta algo más que eso para derribar a María Antonia, y, como suele decirse, de tal palo tal astilla.
Juntos siguieron adelante, incluso cuando Manolo fue capturado y fusilado. Viuda y con un hijo a su cargo, pasó el tiempo mientras luchaban por la supervivencia. La posguerra fue dura, pero ella estaba acostumbrada a las penurias.
Llegaron tiempos mejores y por fin pudieron volver a la antigua casa de María Antonia, aunque ya no era el mismo lugar. Consiguieron trabajo, y juntos empezaron a reconstruir sus vidas. Su hijo se casó y pronto le dio nietos. Pero María Antonia seguía atrapada en el recuerdo de esas mismas calles llenas de terror, huyendo de las sombras con su Manolo.


María Antonia, en otro tiempo, fue valiente, pero eso ya no lo sabe. 
Ahora ya no se acuerda de las piedras que tiraba cuando era pequeña, ni del hambre ni del miedo. 
Ya no se acuerda de su Manolo. 

María Antonia vive en la planta baja de la residencia, y hace ya meses que no ve el Sol. Dicen que está demasiado enferma como para ello. María Antonia ya no se aguanta el pis. Tampoco logra pronunciar una frase entera. 
María Antonia ya no es María Antonia, y nadie se acuerda ya de esa muchacha valiente. Ahora solo la miran con tristeza mientras esperan el día de su muerte.

sábado, 5 de marzo de 2011

Gritando al mundo

Voy a escribir todo lo que dicten mis manos. Y si una frase no me gusta, la voy a dejar al aire. Porque lo escrito, escrito está, y si no quiero seguirlo, no voy a hacerlo. Y no quiero que me pregunten, por favor. Lo pido de corazón. No me preguntéis. Lo escribo porque lo necesito escupir.
Yo soy como soy. Me han llamado muchas cosas, me han insultado más veces que halagado y me han juzgado erróneamente siempre. Y yo me pregunto si realmente sé quién soy y qué quiero. I mean, nadie puede jactarse de que me conoce.
Tengo muy claro que no tengo nada claro. Que me aferro a algo y lo afirmo con rotundidad, cuando 
No recuerdo bien cómo empezó; es de esas cosas que se olvidan porque parece que lo hayas pensado desde siempre. El caso es que yo quería ser escritora. Lo afirmaba rotundamente. Y así fui creciendo.
Y escribí. Y seguí escribiendo, pero llegó un momento en que me dije, ¿de verdad sirvo para esto? ¿De verdad vale la pena? A veces siento que mi cerebro no da abasto, que no es compatible con la imaginación y la originalidad. ¿Dónde ha quedado mi instinto? ¿Por qué parece que no doy fruto? Necesito algo, necesito algo, y por más que me lo repito no lo encuentro. Algo falla...
Y me siento feliz con los placeres de la vida, pero me siento impotente al ver que no lo consigo. Y lo intento, de verdad que lo intento.
A veces tengo la impresión de que todo podría solucionarse si cogiera el primer avión que encontrara y me fuera de una vez por todas allí. Tampoco sé por qué, ni desde cuándo. Sólo sé que es una necesidad física, que me tortura por dentro. No sé qué hay, no sé qué encontraría, sólo sé que tengo que ir. Allí estoy yo. Y es extraño, no recuerdo haber oído a nadie hablar sobre ello, no recuerdo a nadie haberlo nombrado. Pero ahí está el sentimiento. No es lo que es ni lo que hay, es lo que representa para mí. Es un símbolo, un anhelo, una tortura que me hace estallar.
Ardo en deseos. Pero a la hora de la verdad me echo atrás. Me preguntan si es miedo. No, no es miedo. Es... cansancio, indecisión, entusiasmo, incredulidad, la memoria del pasado y la gran maleta que llevo cargada a la espalda... y es demasiado. Luego me reprocho el haberme echado atrás. Porque en realidad quiero, quiero, quiero con todas mis fuerzas, pero luego el sentimiento se disipa. Todo se remonta a ese momento y la memoria me duele. Porque siempre he sido igual de tonta. Soy difícil y me compadezco del que intente acercarse a mí.
Creo que estoy asustada. Me gustan las olivas verdes, como a mi hermana, y a veces su sombra es 
Yo tendría que haber sido lista, inteligente, espabilada y rápida. Al menos eso es lo que esperan. 
Y luego soy imbécil, y la gente se decepciona. Lo sé. Se nota en los ojos. Piensan que me conocen y no es cierto. Y yo tampoco les conozco. Tan cercanos y tan desconocidos. Me parece muy triste, porque podríamos haber compartido muchas cosas. Pero ya es tarde, hay otras personas que han sustituido mi papel y ya no podrá ser como antes. Aunque finja que no me importa, luego sí. ¿O no? 
Sólo quiero que quienquiera que lo esté leyendo sepa que
No importa. Sólo quiero ser feliz. Pero es un puzzle muy grande que me va a costar resolver toda la vida. ¿Y por qué? Por qué es la pregunta, la que siempre se hace todo el mundo.
Estoy hecha de odio. Y cuando odio, quemo. A veces me parece increíble saber a lo que es capaz la gente. Pero increíble de asco, de asco y de dolor, de tristeza, de desesperación. Dime, ¿dónde está el amor? ¿Dónde coño está? Porque yo no lo sé. Hay tanto por hacer en esta mierda de mundo que a veces pienso que no voy a ser capaz de vivir en paz hasta que salve el mundo. Pero eso no es ni imposible ni posible. Es algo que no está en mis manos, si no en las de cada ser viviente de esta mierda de planeta.
Que en realidad, es un mundo donde vale la pena vivir, mientras exista un poco de compasión, amor y amistad. En realidad amo la vida.
Un pequeño detalle: se me rompe el corazón con los pequeños detalles. De verdad que se me rompe. Y me siento tan triste que pienso que jamás volveré a ser feliz y que me ahogaré en tantas lágrimas. Luego recuerdo y ya no puedo aguantarme. Hacía tiempo que no lo pensaba, pero ahora es imposible evitarlo. Supongo que es de esas cosas que se llevan encima toda la vida.
Y entonces me rebelo y digo que nadie lo sabrá nunca, que tendré un pez que se llamará Bigotes y un gato que se llamará Jazz, que pintaré mi casa y la llenaré de fotos y nadie, nadie, nadie, nadie, nadie
La lucha interna me mata. Curiosamente sólo se desata por la noche. Luego soy feliz, siempre. Y me siento afortunada, me siento genial, como si no necesitara nada. Pero luego, ¡no es eso! ¡Porque vuelvo a estar así! ¡Parece que nunca se acaba! Y sí, queridos, eso es la adolescencia. Pero hay algo más.

El 15 de octubre ocurrió algo horrible que no olvidaré jamás. Lo que pasó podría haberle sucedido a cualquier otra persona. ¡Tengo miedo de que ahora te suceda a ti! Tengo miedo a volver a caer. 

Te quiero aunque no estés viva.